¿Qué funda lo humano hoy?

La globalización deshumaniza, convierte el sujeto en individuo consumidor, egocéntrico, en nuestro medio violento, corrupto, ladrón; sin embargo en el medio también hay, la mayoría diría yo, personas, sujetos subjetivos los suficiente y lo suficientemente aptos para sobrevivir y permitir la emergencia de un nuevo hombre. En el caos hay algo de orden, firme, que permita transmutar a una nueva sociedad. ¿Pero qué caracteriza a estos hombres de hoy, como semilla para alimentar la esperanza de un mundo más humano, especialmente en Colombia? ¿Qué funda hoy el lugar y el valor de lo humano en Colombia? ¿Por qué perdemos tan fácilmente el horizonte de lo humano para que haya necesidad de refundarlo siempre?

Hay varios temas fundantes, desde lo constituyente, desde el movimiento del sujeto (Zemelman), que pueden contribuir a fundar el lugar y el valor de lo humano en Colombia, alejados de las propiedades de las cosas y más cercanos a su potencial para crear sentidos nuevos. No obstante me voy a referir solo a uno de ellos: el enriquecimiento de la vida subjetiva de cada colombiano, de cada nariñense, de cada pastuso. Y esto puede pasar por la resignifIcación de tres estrategias fundantes: regreso a la naturaleza, con-mover-se y construir una pedagogía del desarrollo.

¿Cómo enriquecer, pues, la vida subjetiva de cada pastuso, de cada nariñense, de cada colombiano? Planteo tres estrategias fundantes:

La primera es el regreso a la naturaleza, por su valor totalizante de lo humano, en este lugar llamado Colombia, en su macro y micro localización, especialmente en la segunda. A pesar de estar globalizados nuestra mirada todavía se dirige a lo local: en Pasto a las montañas circundantes, especialmente a Urcunina y hacia nuestros 17 corregimientos que todavía conforman un anillo verde alrededor de la ciudad. Como seres humanos no podemos entendernos a nosotros mismos sin la referencia a la tierra que nos vio nacer; somos animales territoriales y el despojo de la tierra madre del que son víctimas, entre otros, campesinos e indígenas Awá de la costa pacífica a manos de violentos, constituyen el mayor dolor que se pueda causar a una persona: el exilio.

Tenemos descuidada y maltratada la tierra, la gastamos sin medida, como si fuera un ingreso permanente y no un bien de capital; tenemos comprometida su fecundidad de madre. Por eso una nueva alianza con ella es condición sine qua non para volver a fundar el lugar de lo humano, como reflejo del amor por ella: si a la tierra le va bien, al hombre le va bien.

Esto implica una segunda estrategia, segundo tema fundante: con-mover-se.

Lo que nos vuelve humanos a diferencia de los animales puede ser la capacidad de conmovernos. En este sentido, los colombianos y los pastusos en especial no podemos permanecer indiferentes, debemos conmovernos ante los problemas que se derivan de fenómenos como el cambio climático, la desertificación, el deterioro y la pérdida de productividad de amplias zonas agrícolas, la contaminación de los ríos y de las capas acuíferas, la pérdida de la biodiversidad, el aumento de sucesos naturales extremos, la deforestación de las áreas ecuatoriales y tropicales. No podemos seguir dejando los costos de la utilización del capital natural a quienes vendrán a aumentar el círculo de la vida humana, con el pretexto de tutelar la propiedad privada. Gastamos, consumimos y ensuciamos sin medida, enajenados, sin enterarnos siquiera de que todo procede, en últimas de la naturaleza, de la tierra. La sensibilización sobre estos temas, muchos de índole mundial pero con presencia local, relacionados con los conflictos actuales y con el acceso a los recursos naturales deviene en enriquecimiento de la vida subjetiva de cada persona, en especial de su estilo de vida ahora más cercano a un comportamiento ético frente al consumo, más bio-eco-céntrico.
La tercera estrategia fundante, la pedagogía del desarrollo, tiene su fuerza en tres pilares: concepción y nueva ética del desarrollo (Boisier 2004), y nueva gramática. Es necesario un regresar-se a los valores. No podemos continuar como borregos repitiendo la concepción de desarrollo que lo liga a la economía, al crecimiento del PIB que no es otra cosa que la suma total de las mercancías y servicios producidos dentro del país por nacionales y extranjeros. El desarrollo no es capacidad de consumo, no es mayor poder adquisitivo, no es capacidad de gasto, no es crecimiento económico, ya no. Durante unos 60 años los economistas, a manos de quienes, ha estado el uso de esta nueva gramática occidental, nos han tenido convencidos de que a mayores ingresos, mayor desarrollo. De esta forma se han pasado midiendo, mediante índices estadísticos los niveles de desarrollo de los países y poniéndolos en un ranking mundial, a competir unos a otros por el primer lugar y a clasificarlos absurdamente en desarrollados, poco desarrollados, en vías de desarrollo, subdesarrollados y otras clasificaciones más, una de las más famosa es la de dividir los países del mundo en primero (capitalistas), segundo (comunistas) y tercer mundo (sin clasificación entre el primero y el segundo), ahora ya se habla del cuarto (excluidos del las TIC).

Las nuevas teorías del desarrollo plantean una vuelta a los valores: Amartya Sen, por ejemplo plantea que la base del desarrollo está en la cultura, su fin en la libertad y sus medios son, entre otros: el ejercicio cotidiano de diferentes tipos de libertad instrumental que aumenten el bienestar (libertades políticas, económicas, oportunidades sociales, garantías de transparencia, seguridad protectora), y una decorosa renta individual. Así le quita el protagonismo a la economía neoliberal que sigue considerando a la libertad económica del libre mercado como la madre de todas las libertades humanas.

¿Quién dicta lo que hay que hacer?, se preguntaba Kant: nuestra propia racionalidad, que hace parte de una moral autónoma y universal a la que se relegan reglas prácticas. Imperativo moral, categórico, objetivamente necesario. Este imperativo categórico, es el desarrollo de las personas humanas, fundado en espacios precisos (Boisier), definidos por dos coordenadas: lugar y personas. En el caso de Nariño o Pasto puede iniciarse en pequeñas localidades agrícolas, centrado en los agricultores y sus familias, con respeto total a los bienes naturales. Ya lo había planteado con anterioridad Manfred Max Neef y lo refuerza Boiser: el desarrollo es un concepto referido única y exclusivamente a las personas de carne y hueso, con nombre propio, en un territorio concreto.

Estas consideraciones ponen en evidencia la necesidad de una nueva gramática, un nuevo lenguaje para una pedagogía del desarrollo. Si se tiene problemas en la concepción, ética y praxis del desarrollo, se hace necesario iniciar procesos pedagógicos de reconstrucción de las relaciones humanas entre sí y con la tierra, cautivadas por la construcción de nuevos horizontes, nuevos significados, nueva ética del desarrollo, con comunidades rurales, más ligadas a la tierra, con mayor sensibilidad y capacidad de conmoverse, que tiene todo por ganar y nada que perder, pues muchos ya han perdido y están a punto de perderlo todo con la muerte de la tierra. Parafraseando a Rousseau, rescatar la posibilidad de ser buenos, especialmente para aquellos con quienes se vive: la gente y el territorio. Pedagogía que privilegie más la acción, que los preceptos que transforme la potencia de lo humano en acciones para ampliar las oportunidades de cada uno de los miembros de la comunidad y estas a su vez, en una espiral, fortalezcan nuevas acciones que permitan el ejercicio pleno de las potencialidades de las personas.

Arturo Obando Ibarra
Maestría en Pedagogía
Universidad Mariana
Septiembre de 2011

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Acerca de sindamanoy

Economista. Docente universitario.
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